Se suponía que iba a ser el último pitillo de la noche, estábamos sobre la moto y todo pronosticaba un beso disimulado y rápido de despedida. Pero con ella los besos nunca eran fugaces, secos ni mucho menos fríos.
Diez segundos más y solo pensaba en subirle el vestido, bajarle las bragas de encaje y arrodillarme ante ella. Mi casa quedaba demasiado lejos y en su piso nunca había suficiente intimidad entre tantas compañeras de piso, así que nos metimos en el descansillo del parking. Lamió mi boca mientras se reía al darse cuenta de donde estábamos, volvió a besarme y yo me colé bajo su ropa, subiendo con la punta de mis dedos muy despacio su vestido, pasé mis dedos entre sus piernas apartando su ropa interior, al instante quedaron empapados, y llegó un suave jadeo. Me arrodillé en el suelo del descansillo, ella apoyó su pierna sobre un escalón justo después de quitarle la ropa interior, sus piernas ya olían a sexo… y exactamente ese detalle a mi me volvía absolutamente loca, aunque a ella le causara cierto pudor. Inundé mi boca, le recorrí sus labios, mojándome los míos, entrando un poco en ella con mi lengua, lamiéndola, saboreándola.. Agarró mi brazo y me lanzó contra la pared, desabrochó mis pantalones y empezó a acariciarme, suave y firme, con la otra mano levantó mi camiseta, bajó el sujetador y empezó a lamerme. Hizo falta poco tiempo para que me corriese en sus dedos, mientras los míos se clavan en su espalda.
Esa noche de cine, comida rápida, paseos y tabaco no podía quitarme de la cabeza sus gestos al correrse, incluso cuando hablábamos de temas serios para solucionar el mundo no podía evitarlo. Echaba de menos sus ganas, su cuerpo, su boca.. Echaba de menos nuestro tiempo juntas.
Le di la vuelta y apoyó sus manos contra la pared, subí su vestido, abrió las piernas, arqueó la espalda y mis manos empezaron a bailar por todo su cuerpo. Suspiraba entre el silencio de aquella escalera oscura, mis dedos se mojaban de ella al igual que mis bragas por verla, temblaba entre mis brazos una y otra vez, la apretaba contra mi cuerpo y todo volvía a empezar. Unas veces despacio, otras rápido, suave, fuerte, dulce, sucio… Y después de la pérdida de la noción del tiempo, de gritos en el descansillo, mareos y espasmos, solo quedaba echar… ese último pitillo. Y esta vez iba a ser el último para siempre.

INCREIBLE, CREO QUE DE TANTO METERME EN LA SITUACIÓN DE LA HISTORIA UFFF LO DE LA FUENTE DE MIS INGLES Y ESAS COSAS JAJAJA
Ay omá.